¿Por qué no viven en el Perú?

En estos tiempos contradictorios en que se exalta la peruanidad a la vez que escasean las oportunidades en el país, releí las notas que publicara en 1988 Gustavo Buntix en la revista Márgenes. Al sesgo de una encuesta, quedan reflejadas las opiniones de un grupo de peruanos que partieron del Perú entre 1980 y 1992.

Carlos Schwalb, narrador y crítico literario, cuenta: “Me fui del Perú como quien huye; sin saber bien adónde iba o para qué, pero convencido que debía dejar atrás ese pantano que no dejaba avanzar y esa humareda que no permitía ver nada”.

La filósofa y poeta Montserrat Álvarez es más radical al expresar: “No soy tan fuerte -aunque me molesta decir que no soy fuerte- como para conservar la cordura estando en Lima. Lima es una ciudad que me somete demasiado al horror. Para mí todo el mundo que nos ha tocado vivir es un mundo equivocado, injusto, sucio, que debería ser destruido. Pero Lima es como el símbolo mismo de toda esa putrefacción”.

 Y un comunicador que prefirió mantenerse en el anonimato explica que no vive en el Perú porque tiene siempre el fantasma de qué haría si regresase: le asusta la posibilidad de encontrase limitado, “no haciendo nada” y caminando por las mismas calles en las que las cosas están peor.

El Perú y Lima en particular generan sentimientos ambivalentes. La idea de migrar nos rondará siempre que la injusticia, la inestabilidad y esa sensación de que las cosas no funcionan permanezcan.

¿Y el desarraigo?

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