La máquina de la felicidad

Leo Auffman le pregunta un día a su esposa si se siente “complacida, contenta, alegre, deleitada, dichosa, afortunada”. A ella le preocupa que Leo empiece a preguntarse cómo funcionan las cosas simples, porque este tipo de cuestionamientos no lo conducirán a nada. Es entonces cuando él decide construir la “máquina de la felicidad”, equipándola con objetos y estímulos que causen alegría.

Al interior de la novela El vino del estío (1957), Ray Bradbury antepone a Leo (vivificado por llevar a cabo su soñadora empresa) y Lena (siempre ocupada por los quehaceres domésticos y el cuidado de sus hijos) en una historia que habla de la felicidad.

Cuando el invento está listo, resulta que no trae felicidad sino que la amenaza, porque cuando alguien entra a esta “máquina de la felicidad” evalúa sus propias experiencias y sale decepcionado porque sabe que ha hecho un viaje hacia una ilusión inalcanzable.

Bradbury no especifica demasiado sobre esta “máquina de la felicidad”. Por el texto, se sabe que está pintada de naranja, tiene la temperatura perfecta y es capaz de transportar a su “pasajero” a ciudades magníficas.

Leo Auffman se siente derrotado y su artificiosa máquina es destruida. Pero antes que la máquina arda en llamas, Lena le hace notar explícitamente a su esposo que ha cometido dos errores: ha detenido las cosas rápidas (como las puestas de sol) y ha traído cosas lejanas (como París) a un sitio donde no corresponden. 

Pronto Leo descubrirá que la verdadera felicidad está más cerca de lo él imagina.

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