Carevaca

La historia de la familia Restrepo Sánchez fue una historia feliz hasta el  nacimiento del segundo hijo del matrimonio. Él nació una calurosa mañana de enero (en un año que hubo fenómeno del Niño) en el Hospital del Empleado. Su padre estaba tan contento de tener un hijo hombre que había invitado a varios de sus amigos a comer pachamanca en su casa. Pero cuando vio la cara deforme de su hijo, se impresionó tanto que salió corriendo del hospital y no se le vio más. Los amigos de su padre imaginaron que había sucedido una fatalidad y prefirieron no preguntar.

Probablemente, el Sr. Restrepo regresó a vivir al Valle del Cauca en Colombia (de donde provenía) para no tener que enfrentar la vergüenza de tener un hijo defectuoso. Sin embargo, nunca dejó de depositar dinero en una cuenta bancaria (la cantidad variaba según la cotización del dólar y otros índices económicos).

Esa era la historia que la Sra. Restrepo le había contado a Carevaca.

Toda su vida había permanecido encerrado en casa porque su madre no quería que nadie viera su rostro. A Carevaca solo le estaba permitido pasear en las noches, después de las once. Tenía derecho a ver la luna, las estrellas; a oír los grillos y ver pasar los gatos por los parques. Y en las mañanas que permanecía encerrado, leía mucho (especialmente literatura inglesa y norteamericana, y también las historietas del Muchacho enmascarado que su hermana le compraba en el mercado). Por la tarde le gustaba mirar por la ventana cubierta por papel celofán a los estudiantes que regresaban del colegio o de la universidad. Él hubiera querido ser uno de ellos.

Su vida no era ni buena ni mala. Era como un limbo, una eterna sala de espera. Su madre lo quería porque si no fuera así hace mucho que lo hubiera echado a la calle. Pero no quería que la gente murmurara a sus espaldas. Ella era enfermera en el Hospital del Empleado, tenía una vida simple y quería que siguiera siendo así.

Su hermana lo trataba con amabilidad pero tenía en mente migrar definitivamente a Australia. Y todos sus esfuerzos estaban destinados a ese proyecto. Cuando terminó el colegio, sin dudarlo estudió Terapia Física y Rehabilitación mientras mejoraba su nivel de inglés. Nunca dijo a sus amigos que tenía un hermano que vivía recluido a causa de su deformidad. 

El momento crítico de Carevaca venía poco antes del mediodía. Era invadido por un hambre feroz. Sentía que una bestia rugía en su estómago. Entonces, bajaba las escaleras para servirse el almuerzo en un plato, como una persona normal. Pero no era suficiente. Y comía con sus manos de la olla. Y pelaba dos plátanos de seda. Solo así saciaba su hambre. Pero se sentía culpable porque su madre (que se levantaba a las seis de la mañana a preparar el almuerzo) le había advertido que solo se sirviera una porción normal y que comiera un plátano.

Cuando su madre y su hermana regresaban a las seis de la tarde, lo reprendían. Le reclamaban su falta de consideración. Y pensaban, sin atreverse a decirlo, que había en él algo de animal. Todos los días se repetía la misma historia. Carevaca estaba harto.

La madre de Carevaca no comprendía que él necesitaba comer más porque ya no era un niño y se había convertido en un joven robusto que antes de mediodía padecía mucha hambre. Pero ella le había advertido que tenía un presupuesto ajustado, que cocinaba las porciones justas y que se conformara.

El día que cumplió 20 años Carevaca supo que algo tenía que cambiar. Por un lado, faltaba poco para que su hermana se graduara como fisioterapeuta y se fuera a Australia. Por otro lado, él no podía seguir así. Tenía ganas de escapar de su encierro. Y una mágica certeza lo acompañaba: la idea de que su cara había ido cambiando en todo este tiempo…que ya no se veía tan mal. La noche que cumplió 20 años su madre le permitió salir a las 10:30 de la noche y pudo ver a algunos jóvenes que regresaban del cine.

Si alguien le hubiera preguntado a Carevaca en qué le gustaría trabajar, él hubiera respondido que quería ser panadero. Había visto en la televisión cómo trabajaban los panaderos y le parecía fascinante preparar un alimento que gustara a todos. Le gustaba la idea de amasar el pan que se llevarían a la boca las personas en las primeras horas del día. Preparar el pan que acompañaría los almuerzos ejecutivos en los restaurantes. Hornear el pan que los viejitos remojarían en té por las noches.

Esta idea se la había comentado a su madre, pero ella le había dicho que era una idea desatinada tomando en cuenta su apetito. Ella creía que Carevaca no podría autocontrolarse y que se comería por lo menos diez panes.

Fue un jueves, tres horas después de que su madre y su hermana habían partido, el día que Carevaca se acercó con un pequeño alambre a la puerta y abrió la cerradura. Fue tan sencillo que se cuestionó no haberlo intentado antes. Una vez afuera corrió sin rumbo mientras sentía el sol en la cara. Pasó por un colegio, una iglesia y por la municipalidad. Se detuvo para mirar con perspectiva su barrio. Y entonces vio una panadería. El cartel decía “Panadería Idolú”. Había una variedad considerable de panes, y también empanadas, pasteles y panetones.

Carevaca quiso comprar un pan de maíz. Se percató que no tenía dinero. Nunca había tocado una moneda o un billete. Sintió hambre. Pensó en robarse varios panes, pero no quería convertirse en un ladrón. Entonces vio al administrador del negocio y se le acercó. Parecía una persona amable. Le dijo que acababa de cumplir 20 años, que no tenía estudios ni experiencia profesional, pero que uno de sus más grandes sueños era convertirse en panadero. Y le dijo que quería que lo aceptara como aprendiz.

El administrador miró sus manos grandes y sintió confianza en el muchacho.

–¿Cómo te llamas? –preguntó.

–Mi nombre es Evelio Restrepo Sánchez.

–Estoy a punto de tomar mi refrigerio.

–Si desea puedo volver más tarde…

–No. Me gustaría que me acompañes Evelio. Quiero que pruebes el calzone que acabo de hornear.

Era la primera vez que alguien lo llamaba por su nombre. Era la primera vez que comía un calzone. Esa empanada grande rellena con queso mozzarella y pimientos de tres colores estuvo deliciosa. Y también bebió algo que nunca había bebido: jugo de uva.

Carevaca supo que al compartir la mesa con el dueño de la panadería estaba iniciando una amistad. Que a partir de ahora lo llamarían Evelio. No habían más certezas pero era el inicio de una nueva vida. Y eso le gustaba.

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