Más puentes

Un puente es esperanza. Esperanza: Pequeña luz  que se enciende en la oscuridad del miedo y la derrota, haciéndonos creer que hay una salida” (El rey transparente, Rosa Montero).

Nadie puede construir el puente sobre el cual hayas de pasar el río de la vida; nadie, a no ser tú” (Friedrich Nietzsche).

Para mí el río era la frontera entre Hitoshi y yo. Cuando imagino el puente, Hitoshi está allí. Yo siempre llegaba tarde y él estaba esperándome en aquel lugar. Cuando íbamos a alguna parte, siempre nos separábamos allí, él iba hacia un lado, y yo hacia el otro(Moonlight shadow, Banana Yoshimoto).

En el valle hay un sólido puente de hierro que el tren atraviesa sin cambiar de llanura, rumbo a otra localidad exactamente igual a nuestro pueblo. Bajo el puente hay nieve en invierno y sombra en verano. Jamás se ve agua en el fondo. El río no se preocupa del puente; discurre a su lado. En los días calurososos del verano se reúnen allí las ovejas” (En tierras bajas, Herta Müller).

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Nulíparas

La no maternidad como decisión suele causar reacciones negativas. Las mujeres que no quieren tener hijos (y hacen algo por evitarlo) son vistas como poco femeninas, egoístas, freaks, entre otras calificaciones. Y es que la sociedad ve con buenos ojos retrasar la maternidad (en pos del éxito profesional) pero no sucede lo mismo cuando se descarta del todo.

Escribiré un ensayo sobre la no maternidad porque es uno de los “tópicos femeninos” que más me interesan. A manera de aproximación al tema, presento las razones más usuales por las cuales una mujer decide no ser madre:

  • La maternidad atenta contra la salud: diversos grupos religiosos y pronatalistas divulgan información falsa sobre la nuliparidad. Afirman que una mujer sin hijos sufrirá, tarde o temprano, desde trastornos hormonales hasta cáncer ginecológico. Pero no advierten a las mujeres de los riesgos de muerte o invalidez que enfrenta toda madre en la etapa prenatal, el parto y la fase posnatal.
  • Trae “minúsculas” incomodidades: la maternidad trae consigo la renuncia a disfrutar de una película o un almuerzo sin tener que oír el llanto del hijo al que no le parece tan divertida la película ni tan rico el almuerzo, y varios sinsabores como hacer frente a la mala conducta del hijo hiperactivo o con déficit de atención. Entre las “incomodidades” también está el hecho que un hijo tiene todo el potencial para terminar con la pasión de la vida en pareja.

 

  • Es una responsabilidad que no es para todas: Corinne Maier, economista y autora de No kid. 40 buenas razones para no tener hijos, afirma que criar un hijo es una guerra. No todas estamos dispuestas a asumir la responsabilidad de ser madres y consideramos que hay otros modos de realizarse.  
  • Es la decisión económica más importante que se pueda realizar: tener un hijo es carísimo: se gasta más dinero que si se diera la vuelta al mundo. Y siendo realistas, ¿en tiempos de permanentes crisis queremos dar ese paso?
  • Madre sola hay una: las mujeres que han tenido una relación complicada con su madre temen replicar los mismos modelos con su hija. Diversos estudios demuestran que las vivencias negativas producto de una relación madre-hija disfuncional, dejan huellas profundas en la psique.   
  • No ser madres es una forma de resistencia: negarse de algún modo al status quo tiene su cuota de gusto. Los vegetarianos, agnósticos, ecologistas, activistas de causas nobles y rebeldes sin causa sienten el placer de actuar según sus convicciones pero también el gusto de  sacar la lengua a las convenciones. No procrear también es una forma de rebelarse contra el sistema. Después de todo, tener hijos es colaborar al consumismo extremo y aumenta la huella ecológica.

Carevaca

La historia de la familia Restrepo Sánchez fue una historia feliz hasta el  nacimiento del segundo hijo del matrimonio. Él nació una calurosa mañana de enero (en un año que hubo fenómeno del Niño) en el Hospital del Empleado. Su padre estaba tan contento de tener un hijo hombre que había invitado a varios de sus amigos a comer pachamanca en su casa. Pero cuando vio la cara deforme de su hijo, se impresionó tanto que salió corriendo del hospital y no se le vio más. Los amigos de su padre imaginaron que había sucedido una fatalidad y prefirieron no preguntar.

Probablemente, el Sr. Restrepo regresó a vivir al Valle del Cauca en Colombia (de donde provenía) para no tener que enfrentar la vergüenza de tener un hijo defectuoso. Sin embargo, nunca dejó de depositar dinero en una cuenta bancaria (la cantidad variaba según la cotización del dólar y otros índices económicos).

Esa era la historia que la Sra. Restrepo le había contado a Carevaca.

Toda su vida había permanecido encerrado en casa porque su madre no quería que nadie viera su rostro. A Carevaca solo le estaba permitido pasear en las noches, después de las once. Tenía derecho a ver la luna, las estrellas; a oír los grillos y ver pasar los gatos por los parques. Y en las mañanas que permanecía encerrado, leía mucho (especialmente literatura inglesa y norteamericana, y también las historietas del Muchacho enmascarado que su hermana le compraba en el mercado). Por la tarde le gustaba mirar por la ventana cubierta por papel celofán a los estudiantes que regresaban del colegio o de la universidad. Él hubiera querido ser uno de ellos.

Su vida no era ni buena ni mala. Era como un limbo, una eterna sala de espera. Su madre lo quería porque si no fuera así hace mucho que lo hubiera echado a la calle. Pero no quería que la gente murmurara a sus espaldas. Ella era enfermera en el Hospital del Empleado, tenía una vida simple y quería que siguiera siendo así.

Su hermana lo trataba con amabilidad pero tenía en mente migrar definitivamente a Australia. Y todos sus esfuerzos estaban destinados a ese proyecto. Cuando terminó el colegio, sin dudarlo estudió Terapia Física y Rehabilitación mientras mejoraba su nivel de inglés. Nunca dijo a sus amigos que tenía un hermano que vivía recluido a causa de su deformidad. 

El momento crítico de Carevaca venía poco antes del mediodía. Era invadido por un hambre feroz. Sentía que una bestia rugía en su estómago. Entonces, bajaba las escaleras para servirse el almuerzo en un plato, como una persona normal. Pero no era suficiente. Y comía con sus manos de la olla. Y pelaba dos plátanos de seda. Solo así saciaba su hambre. Pero se sentía culpable porque su madre (que se levantaba a las seis de la mañana a preparar el almuerzo) le había advertido que solo se sirviera una porción normal y que comiera un plátano.

Cuando su madre y su hermana regresaban a las seis de la tarde, lo reprendían. Le reclamaban su falta de consideración. Y pensaban, sin atreverse a decirlo, que había en él algo de animal. Todos los días se repetía la misma historia. Carevaca estaba harto.

La madre de Carevaca no comprendía que él necesitaba comer más porque ya no era un niño y se había convertido en un joven robusto que antes de mediodía padecía mucha hambre. Pero ella le había advertido que tenía un presupuesto ajustado, que cocinaba las porciones justas y que se conformara.

El día que cumplió 20 años Carevaca supo que algo tenía que cambiar. Por un lado, faltaba poco para que su hermana se graduara como fisioterapeuta y se fuera a Australia. Por otro lado, él no podía seguir así. Tenía ganas de escapar de su encierro. Y una mágica certeza lo acompañaba: la idea de que su cara había ido cambiando en todo este tiempo…que ya no se veía tan mal. La noche que cumplió 20 años su madre le permitió salir a las 10:30 de la noche y pudo ver a algunos jóvenes que regresaban del cine.

Si alguien le hubiera preguntado a Carevaca en qué le gustaría trabajar, él hubiera respondido que quería ser panadero. Había visto en la televisión cómo trabajaban los panaderos y le parecía fascinante preparar un alimento que gustara a todos. Le gustaba la idea de amasar el pan que se llevarían a la boca las personas en las primeras horas del día. Preparar el pan que acompañaría los almuerzos ejecutivos en los restaurantes. Hornear el pan que los viejitos remojarían en té por las noches.

Esta idea se la había comentado a su madre, pero ella le había dicho que era una idea desatinada tomando en cuenta su apetito. Ella creía que Carevaca no podría autocontrolarse y que se comería por lo menos diez panes.

Fue un jueves, tres horas después de que su madre y su hermana habían partido, el día que Carevaca se acercó con un pequeño alambre a la puerta y abrió la cerradura. Fue tan sencillo que se cuestionó no haberlo intentado antes. Una vez afuera corrió sin rumbo mientras sentía el sol en la cara. Pasó por un colegio, una iglesia y por la municipalidad. Se detuvo para mirar con perspectiva su barrio. Y entonces vio una panadería. El cartel decía “Panadería Idolú”. Había una variedad considerable de panes, y también empanadas, pasteles y panetones.

Carevaca quiso comprar un pan de maíz. Se percató que no tenía dinero. Nunca había tocado una moneda o un billete. Sintió hambre. Pensó en robarse varios panes, pero no quería convertirse en un ladrón. Entonces vio al administrador del negocio y se le acercó. Parecía una persona amable. Le dijo que acababa de cumplir 20 años, que no tenía estudios ni experiencia profesional, pero que uno de sus más grandes sueños era convertirse en panadero. Y le dijo que quería que lo aceptara como aprendiz.

El administrador miró sus manos grandes y sintió confianza en el muchacho.

–¿Cómo te llamas? –preguntó.

–Mi nombre es Evelio Restrepo Sánchez.

–Estoy a punto de tomar mi refrigerio.

–Si desea puedo volver más tarde…

–No. Me gustaría que me acompañes Evelio. Quiero que pruebes el calzone que acabo de hornear.

Era la primera vez que alguien lo llamaba por su nombre. Era la primera vez que comía un calzone. Esa empanada grande rellena con queso mozzarella y pimientos de tres colores estuvo deliciosa. Y también bebió algo que nunca había bebido: jugo de uva.

Carevaca supo que al compartir la mesa con el dueño de la panadería estaba iniciando una amistad. Que a partir de ahora lo llamarían Evelio. No habían más certezas pero era el inicio de una nueva vida. Y eso le gustaba.

Días más cortos

Según cálculos realizados por científicos de la NASA, el terremoto ocurrido a inicios del 2010 en Chile causó que los días sean 1,26 microsegundos más cortos. Pero ya los días se habían reducido 6,8 microsegundos cuando el peor tsunami de la historia causó un gran terremoto en Sumatra.

Aunque esta alteración no afecta en nada la vida cotidiana, sentir que no tenemos tiempo (o que cada vez tenemos menos tiempo) es bastante común en estos tiempos. Desfilamos entre la ansiedad y el aburrimiento, nos empantanamos entre trámites burocráticos y fracasos mundanos. Si siguiéramos las enseñanzas de Csikszentmihalyi procuraríamos sumergirnos en un estado de flow, para involucrarnos en lo que hacemos con total control. Viviríamos más lentamente como se hacía años atrás. Procuraríamos no perder el tiempo en  nimiedades. O podríamos hacer como cierto personaje al que suele encontrársele comiendo de un tarro  de miel, con gran satisfacción, sin usar reloj.

El muki

En la mitología andina, el muki es el duende que custodia a los mineros de la sierra central peruana, y ejemplifica las relaciones de reciprocidad porque premia o castiga a los mineros según su dedicación al trabajo. Es habitual que los mineros de la sierra realicen ritos de pago al muki (los cuales suelen incluir alcohol y hojas de coca).

Su nombre deriva de murik que en quechua significa “el que asfixia” en alusión al silicio, que es un gas letal.

El muki es primo del leprechaun (que vestido de verde vigila los tesoros de las minas en Irlanda) e integra esa cofradía de personajes fantásticos que se caracterizan por habitar lugares determinados como bosques, minas, caminos, e incluso casas como en es el caso de Domovoi).

El encanto del muki contrasta con su carácter trágico porque puede llegar a quitar la vida al minero que incumpla un pacto con él. En el libro de Carmen Salazar-Soler Supay Muqui, dios del socavón. Vida y mentalidades mineras puede leerse: “Esta divinidad es considerada como el guardián y dueño del minera, que aparece a los mineros para pedirles ofrendas a cambio de riquezas minerales y dejarlos trabajar en paz (…) El muqui es un ser de forma humana, del tamaño de un niño de diez años, siempre vestido de minero salvo toda su vestimenta e instrumentos de trabajo son de oro (…)  Está dotado de un muy agudo sentido de la vista”.

La ilustración corresponde al acrílico Supay Muqui de Ivonne Lima.

Calores

Este ha sido el verano que menos calor he sentido. El verano ha tardado en llegar y en la oficina donde he empezado a trabajar hay aire acondicionado. Pero hay algo más: creo que con el paso del tiempo voy sintiendo menos calor.

He sentido el frío que causa la restricción calórica, el desamor, la presión baja a causa de un “cafecito milagroso” y el frío de unas manitos desabrigadas que se van entumeciendo aunque el resto del cuerpo está bien abrigadito.

Vendrán los bochornos de los cuarentaipocos, los veranos con Fenómeno del Niño y ojalá una apacible estancia en una tranquilísima playa lo más al sur posible. Entre mis planes (¿sueños?) siempre estará la idea de emigrar a Australia, ojalá a Perth, porque me parece lo máximo vivir en una ciudad donde los pájaros siempre canten, el sol siempre brille…y nada nunca muera.

Me gustaría también conocer las Cuevas de Naica , al norte de México (aunque por ahora solo pueden ingresar los espeleólogos). Me parece increíble el contraste entre la imagen fría de sus cristales de selenita y la sofocante temperatura real. Si de turismo extremo se trata, opto por las Cuevas de Naica en vez del Bosque de Piedras de Huallay. Si en Naica el calor me haría alucinar, imaginaría que soy un personaje de El vino del estío. En Huallay sentiría una bomba en la cabeza, un martillo golpea mi rótula izquierda y me hundiría en la desolación.

Contradon

Conocí el concepto de contradon en una clase de relato mediático. Los tejemanejes del don y el contradon están presentes en los cuentos, las películas y también en la prensa . Para entender qué es el contradon, podemos partir por el don. Un don es un regalo, un talento. Y el contradon vendría a ser la gratitud, la actitud de reciprocidad por haber recibido ese presente, que se manifiesta en buenas acciones (las cuales legitiman que quien ha recibido los dones, los merece). El contradon genera vínculos entre las personas y comunidades.

Por ejemplo en la serie de televisión Carnivàle, Ben Hawkins había optado por no utilizar su talento, pero los acontecimientos lo llevaron a replantear su decisión. Durante la sesión que tiene con una tarotista, ella interpreta la carta del mago invertido como “talentos desperdiciados o no desarrollados aún”.

Y también hay casos más cercanos como el del panadero talquino que ayudó a sus compatriotas con víveres y clases de repostería, o el gesto que tuvo Gastón Acurio cuando ganó el Premio Príncipe Claus de Holanda. A fines del 2009, Gastón ganó este prestigioso premio que lo hizo acreedor de 25 mil euros, que redistribuyó en las causas que consideró más adecuadas: comprar el menaje de la nueva Escuela de Cocina de San Andrés (Pisco), equipar el aula de cocina oriental del Instituto de Cocina Pachacútec, producir un documental sobre el ají y cubrir los gastos de la beca destinada al mejor alumno de Pachacútec.