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Calores

Este ha sido el verano que menos calor he sentido. El verano ha tardado en llegar y en la oficina donde he empezado a trabajar hay aire acondicionado. Pero hay algo más: creo que con el paso del tiempo voy sintiendo menos calor.

He sentido el frío que causa la restricción calórica, el desamor, la presión baja a causa de un “cafecito milagroso” y el frío de unas manitos desabrigadas que se van entumeciendo aunque el resto del cuerpo está bien abrigadito.

Vendrán los bochornos de los cuarentaipocos, los veranos con Fenómeno del Niño y ojalá una apacible estancia en una tranquilísima playa lo más al sur posible. Entre mis planes (¿sueños?) siempre estará la idea de emigrar a Australia, ojalá a Perth, porque me parece lo máximo vivir en una ciudad donde los pájaros siempre canten, el sol siempre brille…y nada nunca muera.

Me gustaría también conocer las Cuevas de Naica , al norte de México (aunque por ahora solo pueden ingresar los espeleólogos). Me parece increíble el contraste entre la imagen fría de sus cristales de selenita y la sofocante temperatura real. Si de turismo extremo se trata, opto por las Cuevas de Naica en vez del Bosque de Piedras de Huallay. Si en Naica el calor me haría alucinar, imaginaría que soy un personaje de El vino del estío. En Huallay sentiría una bomba en la cabeza, un martillo golpea mi rótula izquierda y me hundiría en la desolación.

Andrés, Medellín y yo

Hace un año, por estas fechas, hice un viaje corto a Medellín. Me fui escapando del desamor y el desempleo que eran mi día a día en Lima. Hubiera deseado cruzarme con Andrés Caicedo, el cinéfilo y escritor colombiano que murió antes que yo naciera. Hubiera querido conversar y caminar con Andrés, pensaba que me hubiera comprendido totalmente. Había leído todos sus textos y sentía una conexión con él no solo por sus intereses sino porque creo vivimos las mismas experiencias y algunos de los mismos obstáculos y alegrías. Relacionaba a Andrés Caicedo con esta ciudad porque aunque vivió la mayor parte de su vida en Cali, estudió una temporada en el Colegio Calasanz de Medellín y aquí era donde se habían hecho adaptaciones de sus relatos al teatro.

Los días que estuve en Medellín tomé el mismo desayuno: dos tazas de chocolate caliente, arepita, tortilla, un triángulo equilátero de queso fresco y fruta picada. Recuerdo el tremendo calor, las estatuas gigantes de Botero y la ruta turística que improvisé: el Teatro Matacandelas y el Teatro Metropolitano, el Pueblito Paisa, el Parque Biblioteca España (donde abrí un libro y lo volví a cerrar porque me atraparía y yo tenía que seguir caminando), los centros comerciales, el Jardín Botánico, el Parque Explora, el Planetario, el Museo de Antioquía, el Parque de los Deseos, etc.

Me imagino que viajé también porque prefería ser una mujer en tránsito a ser una mujer en espera durante un feriado-puente que no quería asumir en Lima. Me hicieron bien los calores de Medellín y cuando regresé encontré la llave para una puerta que se encontraba cerrada.

Aquí va un cortometraje basado en el cuento Infección de Andrés Caicedo: