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Bradshaw más allá de la tradición

Nunca vi la serie Sex and the city. La película me pareció simpática, pero me quedo con la secuela. Aquí vemos a  Carrie Bradshaw felizmente casada y dándose cuenta de que si se va a tratar solo de ella y Mr. Big, ambos tendrán que hacer un esfuerzo por mantener la chispa en la relación. Carrie también se percata que las tradiciones son un referente demasiado importante. Y estos pensamientos afloran durante una boda gay, donde precisamente se toma la ceremonia matrimonial para transformarla en una fiesta a la medida de los novios.

Hay otros temas en la película. Están los fuertes lazos que tiene Carrie con sus disímiles amigas, las paces simbólicas con los países islámicos después del 11-S (el viaje a Abu Dhabi), el despliegue de glamour para hacernos olvidar por un momento la crisis que aún no se va del todo y el  halago al estilo de vida de los dinks (“somos adultos sin hijos, tenemos el lujo de poder diseñar nuestras vidas”).

Pero lo que más me gustó es la convicción, casi al final, de Carrie diciendo “tienes que tomar la tradición y decorarla a tu manera” y concluyendo “cuando se trata de relaciones hay toda una gama de colores y opciones por explorar”, con True colors como fondo musical y un reluciente diamante negro en su nuevo anillo de compromiso.  

Sex and the city II da vida a la fusión del cambio y la permanencia de la que hablan los estudiosos de las ciencias sociales. Pero deja en claro que dependerá de nosotros cuántos grados de revolución y cuántas dosis de tradición queremos en nuestras vidas.

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Dinks

No todas las parejas aspiran a ser padres hoy en día. La idea de despertar de madrugada para atender al recién nacido, pagar costosos colegios y lidiar con crisis existenciales de adolescentes no forma parte de las proyecciones de los dinks (contracción de “double income, no kids”). En estricto, este es el término que denomina a las parejas heterosexuales de entre 25 y 35 años, con ingresos por encima del promedio, que conviven (casados o solteros) y que han optado por no tener hijos.

El inicio de esta tendencia estuvo motivado por el ingreso de las mujeres al mercado laboral, pero fueron otros factores como la competitividad, la cultura del consumo y el individualismo los que promovieron el surgimiento de los dinks, que de algún modo evidencian un quiebre de los modelos tradicionales de familia.

Los profesionales de la publicidad y el márketing han estudiado a este grupo que se ha convertido en un target muy atractivo para las empresas porque a los dinks no solo les gusta probar nuevos productos, sino que invierten más en salud, cultura y entretenimiento. De hecho, acuden a gimnasios y restaurantes de comida sana, realizan viajes turísticos y consumen más libros, películas, productos de lujo y nuevas tecnologías que las parejas que tienen hijos. También invierten en posgrados, en el desarrollo de su línea de carrera profesional y en proyectos personales.

Las ventajas que los dinks observan con respecto a los padres de familia van más allá de la posibilidad de gastar más en bienes suntuosos y diversión. Un mayor rango de paz y tranquilidad en sus casas les reporta índices menores de estrés, sienten que están más unidos entre sí debido a las mayores posibilidades de intimidad, y se sienten más autónomos al momento de tomar decisiones importantes (como el divorcio, la migración, etc.).

No se puede dejar de lado a otras personas que no estén dentro del perfil de los dinks (porque tienen escasos recursos económicos, no conviven o no están en el rango de edad mencionado) pero que son conscientes que un hijo significa un cambio importante en el presupuesto y que no toda persona adulta es apta para la crianza, motivos por los cuales han optado por la nuliparidad.

Los hijos no forman parte del proyecto de vida de los dinks y aunque  la sociedad todavía los mira críticamente, encuentran más ventajas en su modus vivendi enfocado al bienestar y al crecimiento personal.