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Unas cuantas convenciones

Todos llegamos a la adultez con una inmensa lista de convenciones que hemos acumulado poco a poco. Posiblemente uno de los objetivos que tienen las madres es enseñar gran parte de esas reglas a sus hijos para que se ajusten a cada situación, estén aptos para la vida en sociedad, pero que también los hacen más parametrados.

Revisando El otro dedo meñique. Nuevas sugerencias para deslumbrar en toda ocasión encuentro que si no me maquillo pareceré que estoy en borrador, solo deberé ir al trabajo con mi cartera o maletín (porque si llevo lonchera, bolsas y demás, pareceré un ekeko), pecaré de extravagante si tomo nota en clases con  lapicero de tinta verde y llevar al mercado bolsas de plástico que tengan publicidad atentará contra mi “garbo personal”. ¿Son estos consejos de Frieda Holler realmente imprescindibles?

Por supuesto hay otras convenciones que responden a la lógica y a estándares que tienen como objetivo lograr fluidez en todo tipo de procesos como las normas de tránsito o el formato APA para escribir un texto, pero creo que son más las convenciones que sobran.

La etiqueta social moderna apunta a que aprendamos a proyectar un estilo personal único, sin embargo creo que la tendencia es que cada vez seamos más parecidos, o para ser más exactos, creo que el status quo hace que las personas sean más fáciles de ser clasificadas en grupos predecibles en su comportamiento, estilo de vida y apariencia.

Dinks

No todas las parejas aspiran a ser padres hoy en día. La idea de despertar de madrugada para atender al recién nacido, pagar costosos colegios y lidiar con crisis existenciales de adolescentes no forma parte de las proyecciones de los dinks (contracción de “double income, no kids”). En estricto, este es el término que denomina a las parejas heterosexuales de entre 25 y 35 años, con ingresos por encima del promedio, que conviven (casados o solteros) y que han optado por no tener hijos.

El inicio de esta tendencia estuvo motivado por el ingreso de las mujeres al mercado laboral, pero fueron otros factores como la competitividad, la cultura del consumo y el individualismo los que promovieron el surgimiento de los dinks, que de algún modo evidencian un quiebre de los modelos tradicionales de familia.

Los profesionales de la publicidad y el márketing han estudiado a este grupo que se ha convertido en un target muy atractivo para las empresas porque a los dinks no solo les gusta probar nuevos productos, sino que invierten más en salud, cultura y entretenimiento. De hecho, acuden a gimnasios y restaurantes de comida sana, realizan viajes turísticos y consumen más libros, películas, productos de lujo y nuevas tecnologías que las parejas que tienen hijos. También invierten en posgrados, en el desarrollo de su línea de carrera profesional y en proyectos personales.

Las ventajas que los dinks observan con respecto a los padres de familia van más allá de la posibilidad de gastar más en bienes suntuosos y diversión. Un mayor rango de paz y tranquilidad en sus casas les reporta índices menores de estrés, sienten que están más unidos entre sí debido a las mayores posibilidades de intimidad, y se sienten más autónomos al momento de tomar decisiones importantes (como el divorcio, la migración, etc.).

No se puede dejar de lado a otras personas que no estén dentro del perfil de los dinks (porque tienen escasos recursos económicos, no conviven o no están en el rango de edad mencionado) pero que son conscientes que un hijo significa un cambio importante en el presupuesto y que no toda persona adulta es apta para la crianza, motivos por los cuales han optado por la nuliparidad.

Los hijos no forman parte del proyecto de vida de los dinks y aunque  la sociedad todavía los mira críticamente, encuentran más ventajas en su modus vivendi enfocado al bienestar y al crecimiento personal.