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Calores

Este ha sido el verano que menos calor he sentido. El verano ha tardado en llegar y en la oficina donde he empezado a trabajar hay aire acondicionado. Pero hay algo más: creo que con el paso del tiempo voy sintiendo menos calor.

He sentido el frío que causa la restricción calórica, el desamor, la presión baja a causa de un “cafecito milagroso” y el frío de unas manitos desabrigadas que se van entumeciendo aunque el resto del cuerpo está bien abrigadito.

Vendrán los bochornos de los cuarentaipocos, los veranos con Fenómeno del Niño y ojalá una apacible estancia en una tranquilísima playa lo más al sur posible. Entre mis planes (¿sueños?) siempre estará la idea de emigrar a Australia, ojalá a Perth, porque me parece lo máximo vivir en una ciudad donde los pájaros siempre canten, el sol siempre brille…y nada nunca muera.

Me gustaría también conocer las Cuevas de Naica , al norte de México (aunque por ahora solo pueden ingresar los espeleólogos). Me parece increíble el contraste entre la imagen fría de sus cristales de selenita y la sofocante temperatura real. Si de turismo extremo se trata, opto por las Cuevas de Naica en vez del Bosque de Piedras de Huallay. Si en Naica el calor me haría alucinar, imaginaría que soy un personaje de El vino del estío. En Huallay sentiría una bomba en la cabeza, un martillo golpea mi rótula izquierda y me hundiría en la desolación.

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Soledad absoluta

La imagen que tengo de la soledad absoluta es la de Robert Panaud al final de la miniserie Le cri, recorriendo los escombros de la industria siderúrgica donde trabajó toda su vida. Una vez jubilado, recuerda las luchas de sus compañeros de trabajo y casi puede escuchar los gritos de los trabajadores que murieron ahí.

Hay soledad absoluta en quienes viven en el Cuarto Mundo en medio de hambre crónica y pobreza estructural. Aunque anónimos, con historias que muchas veces no se llegan a conocer, es muy probable que un grito suyo fuera mayor que el de varios.

Y esta soledad, que debe parecerse al frío extremo, también está en el discurso de Herta Müller  (Premio Nobel de Literatura 2009) que finaliza así: “Puede ser que, desde siempre, la pregunta por el pañuelo no se refiera en absoluto al pañuelo, sino a la extrema soledad del ser humano”.

Pero hay otra soledad, que se vive optimistamente, en un clima cálido por decirlo así. Tema de otro post.