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Contactados

Hace unos días leí una entrevista que le hicieran a Moussa Ag Assarid, un saharaui que estudió en la Universidad de Montpellier y escribió un libro que cuestiona el alcance del progreso material en el mundo occidental. En el desierto no hay atascos relata las experiencias de Moussa en Europa desde su perspectiva de nómade y además llega a la conclusión que la acumulación de bienes y la tecnología no permiten un real avance de la persona. El autor define el desierto como el mejor lugar para hallarse a uno mismo. En él se miran las estrellas y es posible oír los latidos del corazón. Pero ahora el desierto es cada vez más caluroso y tiene menos fuentes subterráneas de agua. Por eso, Moussa Ag  Assari ha llevado a cabo un proyecto llamado Caravana del Corazón, cuyo objetivo es lograr que los tuaregs del desierto del Sahara tengan acceso a salud y educación.

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Mientras los saharahuis buscan un mayor intercambio con el exterior, hay pueblos no contactados que desean permanecer en aislamiento voluntario para preservar su cultura y su integridad.  Recientemente, David Hill (encargado de las campañas en Latinoamérica para la ONG británica Survival International) estuvo en el Perú y subrayó la importancia del reconocimiento de los pueblos no contactados (alrededor de 15 en nuestro país) como dueños de los territorios en los que habitan. Asimismo, recalcó su derecho a permanecer “fuera” del mundo posmoderno hasta que hayan tenido el tiempo y espacio suficientes hacer una evaluación. Se trata de “no contactar a los no contactados”.

Creo que tanto los tuaregs como los habitantes de los pueblos no contactados cultivan algo que nosotros casi hemos olvidado: la contemplación. Por las ansias de poder y tener, por tantas prisas, hemos dejado de estar en contacto con la naturaleza y de mirar dentro de nosotros mismos.

 

Más información sobre la Caravana del Corazón en: www.caravaneducoeur.com

Para conocer las diferentes tribus en el mundo:  www.survivalinternational.org/tribes

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Una fábrica decente

Una fábrica decente (largometraje producido en el 2004 en el Reino Unido, Francia, Dinamarca, Finlandia y Australia) aborda, desde las perspectivas de los empleados y empleadores, la problemática laboral en tiempos de globalización. De carácter documental,  involucra al espectador de principio a fin: después de verla uno se pregunta si no es mejor estar desempleado a trabajar en una fábrica china. 

La película dirigida por Thomas Balmès se inicia en Finlandia, país que ocupa el decimotercer  lugar en el ránking de las naciones que cuentan con la mejor calidad de vida (su vecino Noruega ostenta el primer lugar), cuna de Papá Noel (Joulupukki) y sede central de una de las compañías más grandes de celulares. Sin duda, Finlandia es una nación destacada por su gran innovación tecnológica. Allí, los directivos de la transnacional Nokia deciden llevar a cabo una “auditoría” en las fábricas de sus proveedores para corroborar que todo se lleva a cabo según los lineamientos que rigen a la empresa (cuyo staff incluye a especialistas en el campo de la responsabilidad social y los recursos humanos).  No solo está en juego el prestigio de una empresa que se precia de ser un buen empleador, sino también el rol de dar un buen ejemplo a los demás países industrializados (debemos recordar que los países nórdicos son reconocidos por respetar los derechos laborales, de la mujer y del inmigrante).

Hechas las coordinaciones del caso, Hanna Kaskinen (consejera de ética finlandesa) y Louise Jamison (consultora de ética inglesa) parten hacia la fábrica de Shenzhen (en la provincia de Guangdong, al sur de China, cerca a la frontera con Hong Kong). Al llegar a la fábrica, la amabilidad de los supervisores contrasta con la pasividad de las obreras (el 90% del personal de la fábrica está constituido por mujeres). De este modo, los supervisores chinos  empiezan su vía crucis. Las “auditoras” recorren las instalaciones donde encuentran productos químicos apilados junto al agua destinada para beber, baños que no están lo suficientemente limpios y lo más lamentable: dormitorios comunes donde viven hasta ocho muchachas, en malas condiciones. Asimismo, Hanna y Louise observan la necesidad de  contratar un fisioterapeuta que esté disponible para brindar sus servicios a las trabajadoras.

 

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Le siguen la conversación con los ejecutivos quienes explican que ningún trabajador posee un contrato puesto que algunas cláusulas irían en contra de las leyes chinas e incluso podrían ir en contra de los empleadores. Ellos se preocupan básicamente de no actuar en contra de las leyes locales y de que la producción no disminuya. Sin embargo, la revelación más interesante es la conversación con las obreras. Si bien muchas de ellas hablan solo lo indispensable, una de las obreras describe la presión y violencia en el trabajo, y también denuncia la insuficiencia y mal estado de los alimentos.

Por un lado tenemos a los estándares internacionales con respecto al empleo que prohíben el trabajo forzado, la discriminación, la inclusión de niños y las actividades que riñan con la salud y la seguridad de los trabajadores. Asimismo, estas directrices fomentan horas de trabajo limitadas, una remuneración digna, libertad de asociación y la regulación de medidas disciplinarias. Por otro lado, encontramos que el trabajo en la fábrica de  Shenzhen atenta contra los derechos individuales de la persona: las empleadas carecen de seguro médico y plan de jubilación; tampoco tienen derecho a ser madres (puesto que son invitadas a abortar), estudiar o disfrutar de tiempo libre. La idea de que presenten un reclamo a sus superiores es inexistente. Y por si fuera poco, reciben un sueldo por debajo del salario mínimo vital, por lo que se ven obligadas a trabajar horas extras. Finalmente, ninguna opta por vivir fuera de la fábrica debido a que los costos de arriendo de habitación y alimentación les son descontados.

Entonces, observamos que hay una contradicción entre las políticas laborales de Nokia y las prácticas chinas con respecto al empleo. Por eso, a pesar de las recomendaciones y reportes de Hanna Kaskinen y Louise Jamison, es muy difícil lograr cambios estructurales. Y esto mismo sucede en otros países que sirven como proveedores o manufactureros de Nokia, como Brasil, Singapur, Taiwán o Marruecos. Al final de la película, Hanna decide renunciar a Nokia y retomar sus estudios de enfermería “para ayudar con sus propias manos a los ciudadanos del Tercer Mundo” y Louise decide continuar incansablemente con la consultoría ética, pero además incursiona como cantante en recitales benéficos.

En 79 minutos, Una fábrica decente refleja el proceso de deshumanización del hombre, la pesadilla donde ya no somos personas únicas sino un simple código. El reto de las nuevas generaciones no será solo mantener el equilibrio entre el trabajo y la vida extralaboral sino también influir, desde su rol de consumidores, en el respeto de los derechos individuales de los trabajadores de los países más vulnerables.