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Fuerza de voluntad e incertidumbre

Despierto con el cuerpo de perro apaleado, el último mail que leí se me fue a los riñones, me duermo con el “cerebro de mono”. ¿Qué hacemos cuando la fuerza de voluntad, iniciativa y autodeterminación se enfrentan con el muro de la incertidumbre, inseguridad e inestabilidad?

Cientos de gitanos rumanos serán deportados de Francia. Rumania ha recortado sueldos, pensiones y becas. Es hora de leer a Herta Müller.

Cozy

Una de mis palabras favoritas en inglés es cozy (que significa acogedor). Cozy describe a los lugares acogedores, cálidos, cómodos, que tienen mucho de nosotros, donde se está bien sí o sí. Es un sitio que  te admite y te ampara, te da tranquilidad. Todo niño merece un hogar cozy, y me imagino que los adultos en algún momento somos capaces de diseñar un lugarcito semejante.

Cozy debe estar emparentado con “hygge” que es una palabra danesa para designar el bienestar que se experimenta cuando se está en armonía con su entorno más cercano y se disfruta de este espacio.

La imagen mental que tengo de cozy está presente en un capítulo de El Oso, el Tigre y los demás, dibujo animado que se transmitía en los ochentas. El Oso y el Tigre viven tranquilos y felices en una casa cerca del río, junto a un gran árbol, hasta que un día se aventuran hacia Panamá.

¿Vale la pena abandonar un hogar cozy para aventurarse a una maravilla desconocida? Panamá huele a bananas, allá todo es mucho más lindo y es el país de los sueños. Pero aquello de partir a tierras lejanas en busca de una vida prometedora es parte de otra historia…

¿Por qué no viven en el Perú?

En estos tiempos contradictorios en que se exalta la peruanidad a la vez que escasean las oportunidades en el país, releí las notas que publicara en 1988 Gustavo Buntix en la revista Márgenes. Al sesgo de una encuesta, quedan reflejadas las opiniones de un grupo de peruanos que partieron del Perú entre 1980 y 1992.

Carlos Schwalb, narrador y crítico literario, cuenta: “Me fui del Perú como quien huye; sin saber bien adónde iba o para qué, pero convencido que debía dejar atrás ese pantano que no dejaba avanzar y esa humareda que no permitía ver nada”.

La filósofa y poeta Montserrat Álvarez es más radical al expresar: “No soy tan fuerte -aunque me molesta decir que no soy fuerte- como para conservar la cordura estando en Lima. Lima es una ciudad que me somete demasiado al horror. Para mí todo el mundo que nos ha tocado vivir es un mundo equivocado, injusto, sucio, que debería ser destruido. Pero Lima es como el símbolo mismo de toda esa putrefacción”.

 Y un comunicador que prefirió mantenerse en el anonimato explica que no vive en el Perú porque tiene siempre el fantasma de qué haría si regresase: le asusta la posibilidad de encontrase limitado, “no haciendo nada” y caminando por las mismas calles en las que las cosas están peor.

El Perú y Lima en particular generan sentimientos ambivalentes. La idea de migrar nos rondará siempre que la injusticia, la inestabilidad y esa sensación de que las cosas no funcionan permanezcan.

¿Y el desarraigo?