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Abelardo y Amanda

Olor a telaraña licuada…

Hoy se presentan Abelardo y Amanda

(con los músculos engarrotados y algún dolor neuropático)

ante unos cuantos curiosos

 

Recitan poesía como si fuera trabalenguas

se olvidan la letra de una canción…

“¿Y si las palabras de los muertos coinciden con lo que piensan los vivos?”

 

Amanda es vulnerable e histérica

Abelardo, casi mudo;

están aquí para recuperar el habla en una ciudad que grita

y en un acto de locura, recobrar la identidad en un país alienado

 

Antes que alguien

desafíe su existencia

se esfuman como la niebla caliente

del agua que hierve.

Susurrar para desacelerar

Desde que en el 2001 hicieran su aparición en el Salón del Libro de París, Les Souffleurs no han dejado de susurrar. Este colectivo compuesto por un grupo de artistas está dispuesto a irrumpir tanto en ceremonias solemnes como en medio de desordenadas aglomeraciones para abordar a las personas. Dirigidos por Olivier Comte, vestidos de negro y armados con una cerbatana, aparecen en números impares para susurrar poesía a los transeúntes. Su lugar favorito son las estaciones de metro, símbolo de la velocidad y la prisa. Según su director, la propuesta de Les Souffleurs está constituida por “una metáfora poética del flujo informativo anónimo susurrando secretos poéticos, filosóficos, matemáticos y literarios al oído de los hombres a través de cañas huecas, enfrentando así, con la postura provocadora de la ternura, la dificultad del ser humano para enfrentarse al mundo”. La idea no es únicamente detener a las personas con poesía, sino hacer que experimenten una forma de comunicación más humana y reflexionen sobre el amor, el humor, la curiosidad y la literatura. El fin primordial de Les Souffleurs es contribuir a la desaceleración de la sociedad.

los-sopladores

Esta no es la única iniciativa para “ir más lento”. Desde hace dos décadas se gestó en Europa lo que actualmente es el movimiento slow, una corriente que apuesta por respetar los ritmos de cada persona y actividad, logrando un equilibrio entre la administración del tiempo y su disfrute. Este movimiento incluye desde hace una década a las slow cities que se caracterizan por atraer a las personas a las plazas y parques, promover los pequeños negocios e incentivar un mayor contacto con la naturaleza. En estas ciudades turísticas (con menos de 50 mil habitantes) se está haciendo posible reducir el estrés y regresar a los tiempos en los que era posible reflexionar sin sentirse culpable por no estar haciendo nada productivo.

Dar una caminata, cultivar un pasatiempo, hacer siesta y no sentirse en obligación de responder o decidir rápidamente son algunos de los consejos que ofrecen los seguidores de esta corriente. Y es que las cosas más importantes de la vida no deberían hacerse tan rápido. Disminuiría su disfrute.