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Los locos, el Loco

Hace unos días, camino a una entrevista de trabajo, me topé con un loco. De esos locos extremadamente sucios que viven en su mundo y van añadiéndose accesorios. Lo primero que pensé es que podría robarme la cartera. Pero luego me convencí de que alguien así de loco no estaría interesado en una cartera. Los locos crean y viven en una realidad alternativa y suelen provocarnos miedo. ¿Por qué hay cada vez más locos? ¿Hacia dónde van los locos? ¿Somos nosotros los locos bajo su mirada?

Cuando Wayne L. Johnson analiza las obras bradburianas en Terrícola y marciano. Análisis de la obra de un mago, se detiene a describir a sus monstruos, locos e inadaptados. En los relatos de Bradbury “un loco es un monstruo vuelto hacia adentro. Aunque puede no diferir exteriormente de sus semejantes, puede no obstante sentirse aislado en un mundo ajeno y hostil, o compelido a crear un mundo de su propia fantasía”.

Pero si hay un loco que ha despertado mi curiosidad es el Loco del tarot. A él lo encontré en una tesis de diseño gráfico que estudiaba cómo se le representaba. Más adelante me lo volví a topar en Batman, el caballero de la noche, que sirvió de inspiración al Joker.  El Loco no tiene nada que perder. El Loco le da la espalda a la razón, se burla de las convenciones, improvisa, es excéntrico. ¿Cómo evolucionó hasta convertirse en el Loco? ¿Tiene algo de sabio? Tema para un ensayo…

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Sueños del pasado y del futuro

Últimamente escucho hablar de los sueños constantemente. Los sueños como anhelos, metas importantes que motivan nuestros actos. Mi sobrino me dice que persiga mis sueños. La publicidad de los bancos también apela a no conformarse y conseguir lo que uno quiere. ¿Merecemos lo que soñamos?

Siempre hemos soñado. En una entrevista, Bradbury dijo que la ciencia-ficción es la ciencia de las sueños y que empezó en las cavernas. Que los trazos plasmados en las cuevas eran problemas para ser resueltos. Si es así, las respuestas vendrían a ser sueños primitivos: las primeras formas de cacería. Aquellos soñantes, al igual que nosotros, tenían que pensar algo para resolverlo. Pensarlo tanto que llegaran a soñarlo (y a merecerlo).

Me enteré hace poco que en las profundidades de Malasia vive una población que goza de una paz mental, creatividad y felicidad envidiables: los senoi. Ellos tienen la costumbre de contar en familia cada mañana sus sueños; los mayores analizan los sueños de los menores y los aconsejan cómo deben conducirlos. A los senoi se les considera “soñadores lúcidos” (son conscientes de sus sueños y pueden controlarlos) que además orientan sus quehaceres de acuerdo a lo que sueñan. Literalmente persiguen sus sueños.

Norbert Lechner decía que “los sueños del futuro nos hablan de las promesas incumplidas del pasado”. Probablemente, en el futuro se desarrolle una industria que haga posible controlar nuestros sueños (con influencias de la película Abre los ojos). Quizás estos sueños futuros nos acerquen a las infinitas posibilidades del “hubiera sido”, o quizás nos suspendan en una duermevela hasta que repongamos energías para volver a perseguir nuestros sueños.

Vallas donde vayas

Hace unos días, mi abuela y yo nos encontramos con un animado candidato a alcalde de nuestro distrito. Nos saludó con una amplia sonrisa y nos dijo que, en caso ganara las próximas elecciones, su primera medida sería empadronar a los perros (¿?), pero el gran cambio que emprendería sería poner una reja alrededor de la urbanización, de modo que pareciera un condominio.

Me quedé pensando en el asunto de la urbanización enrejada: los visitantes a nuestra urbanización miraban con agrado el pequeño enclave que era (con parques que tenían en el centro un ancla, una pastilla gigante o alguna virgencita), era cierto que en los últimos años se habían presentado problemas de inseguridad ciudadana, pero ¿era necesario enrejar el contorno de la urbanización? Me topé con unas reflexiones del crítico de arquitectura estadounidense Steven Flusty. El autor de Building paranoia llamaba “espacios interdictorios” a los encargados de filtrar a los potenciales usuarios. Y la tendencia era que en Lima empezaran a propagarse los “espacios interdictorios”, que podían ser escurridizos (si hacían inaccesibles las vías de acceso), nerviosos (si los vecinos eran vigilados permanentemente) o erizados (cuando eran incómodos).

Pero lo interesante era que Flusty y otros autores estaban convencidos que el exceso de seguridad en los barrios terminaba con la “desintegración de la vida comunitaria”, que era lo que ningún candidato pretendía hacer (al menos, eso creo). Al igual que los barrios de clase alta que excluían cada vez más a los “otros”, ¿empezaríamos a imitarlos nosotros también? ¿Terminaríamos dentro de unos años como en el cuento El peatón, de Bradbury?

La máquina de la felicidad

Leo Auffman le pregunta un día a su esposa si se siente “complacida, contenta, alegre, deleitada, dichosa, afortunada”. A ella le preocupa que Leo empiece a preguntarse cómo funcionan las cosas simples, porque este tipo de cuestionamientos no lo conducirán a nada. Es entonces cuando él decide construir la “máquina de la felicidad”, equipándola con objetos y estímulos que causen alegría.

Al interior de la novela El vino del estío (1957), Ray Bradbury antepone a Leo (vivificado por llevar a cabo su soñadora empresa) y Lena (siempre ocupada por los quehaceres domésticos y el cuidado de sus hijos) en una historia que habla de la felicidad.

Cuando el invento está listo, resulta que no trae felicidad sino que la amenaza, porque cuando alguien entra a esta “máquina de la felicidad” evalúa sus propias experiencias y sale decepcionado porque sabe que ha hecho un viaje hacia una ilusión inalcanzable.

Bradbury no especifica demasiado sobre esta “máquina de la felicidad”. Por el texto, se sabe que está pintada de naranja, tiene la temperatura perfecta y es capaz de transportar a su “pasajero” a ciudades magníficas.

Leo Auffman se siente derrotado y su artificiosa máquina es destruida. Pero antes que la máquina arda en llamas, Lena le hace notar explícitamente a su esposo que ha cometido dos errores: ha detenido las cosas rápidas (como las puestas de sol) y ha traído cosas lejanas (como París) a un sitio donde no corresponden. 

Pronto Leo descubrirá que la verdadera felicidad está más cerca de lo él imagina.

A ciegas

A ciegas es uno de mis cuentos favoritos escritos por Ray Bradbury. Tiene entre sus protagonistas a Thomas Quincy Riley (más conocido como Quint), un niño con gran curiosidad por el mundo. El personaje aparece, con distintos nombres, en diferentes historias bradburianas y el apacible pueblo de Green Town sirve de escenario.

Este cuento tiene misterio y humor, hermosos diálogos y algo indescifrable que atrapa al lector. Trata sobre un misterioso personaje que llega a un tranquilo pueblo estadounidense manejando a ciegas un automóvil Studebaker modelo 1929. Maneja sin ninguna dificultad a pesar de que lleva puesta una capucha de terciopelo negro (tiene algo del Muchacho enmascarado). El propósito del Señor Misterioso es mucho más complejo que aumentar las ventas de sus autos. Lo que él desea con todo su corazón es vivir entre la gente, porque cree que socializando su rostro será remodelado. Una de las reflexiones más profundas del relato es cómo todo nos va cambiando sin que nos demos cuenta: las conversaciones, el cariño, las miradas… Todo esto nos permite desarrollarnos como personas.

Es la historia de un hombre que ha estado solo por mucho tiempo, pero como siempre llega “el día” en los cuentos, 1929%20Studebaker%202se arma de valor y decide darse una oportunidad para que la gente lo conozca. Ya no se dedica únicamente a promocionar sus autos, emprende una labor de márketing personal para llegar a tener amigos, y quizás conocer el amor. Él no sabe desde cuándo usa la capucha  ni por qué decidió ponérsela. Especula que el motivo pudo haber sido  un accidente o una grave ofensa por parte de una mujer; está seguro que lo sucedido lo hirió mucho. Tampoco puede precisar qué hay debajo de la capucha: si algo monstruoso o la nada absoluta.

A ciegas habla de la amistad, de la esperanza y de la oportunidad que podemos darnos todos para cambiar nuestras vidas. Pueden leer el cuento aquí: http://isaiasgarde.myfil.es/get_file?path=/bradbury-ray-a-ciegas.pdf (pág. 51-62).

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