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La tercera mujer (II)

Tercera mujer: indeterminada

Cuando el autor afirma que la tercera mujer construye permanentemente su “destino” se refiere a que es la libertad de autodeterminación, el arbitrio individual, lo que la hace definir su identidad y futuro.  

Sin embargo, Lipovetsky asegura que lo doméstico, sentimental y estético seguirán siendo parte de la esencia de lo femenino. Aunque la mujer esté comprometida al ejercicio de su profesión, la administración del hogar le permite tener control sobre un espacio, enriquecer su vida emocional y dotarla de sentido. Por otro lado, la mujer está muy orientada a las relaciones interpersonales y la afectividad porque cumple funciones expresivas (en particular “el amor permanece como una pieza constitutiva de la identidad femenina”). Finalmente, el interés por lo estético se manifiesta, por ejemplo, en la obsesión por la delgadez y la feminización del lujo.

Esta tercera mujer (que surge en los años ochenta) es “radicalmente nueva” y “siempre repetida” porque se reinventa a sí misma pero conserva valores tradicionales. Por eso no es de extrañar que los hombres sigan considerando enigmáticas y contradictorias a las mujeres.

Lipovetsky está convencido de que las diferencias de género difícilmente desaparecerán ya que están muy presentes en las motivaciones, prioridades y gustos de hombres y mujeres;  pero también  señala que la transformación radical de la identidad femenina es uno de los fenómenos sociales más significativos de la historia.

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La tercera mujer (I)

En 1999, el filósofo y sociólogo francés Gilles Lipovetsky publicó La tercera mujer. Permanencia y revolución de lo femenino, que analiza la transformación histórica de la mujer. Desde los orígenes de la humanidad ella representó una figura peligrosa y negativa, hasta que con la llegada del amor cortés su feminidad fue venerada. Actualmente, la mujer es indeterminada en tanto que su “destino” está en permanente construcción.

 Primera mujer: despreciada

Los mitos atribuyeron a la mujer una naturaleza inferior a la de los hombres y también valores negativos como el caos y la maldad. El prototipo de la primera mujer estuvo representado por la bruja o hechicera, que con su magia podía causar daños irreparables. Incluso las deidades primitivas no fueron celebradas por su belleza sino por el control que ejercen sobre las fuerzas de la naturaleza.

Al desconfiar de la mujer, no se le permitió asumir grandes poderes políticos, religiosos o militares. Solo una función de la mujer escapó de esta desvalorización: la maternidad.

 Segunda mujer: exaltada

 El amor cortés no solo trajo romanticismo y una concepción más espiritual del amor sino también más respeto hacia las mujeres. Desde el siglo XII se desarrolló un culto a la “dama amada y sus perfecciones” y posteriormente, con la llegada de la Ilustración, se admiraron los efectos positivos de la mujer sobre las buenas costumbres, por ejemplo. Es recién en el siglo XIX donde los roles de esposa, madre y educadora se vuelven sagrados para la sociedad. Pero en todos estos procesos, la mujer no ganó la autonomía.

 

Según Lipovetsky, el tránsito de la primera a la segunda mujer significó pasar del tradicional “encarnizamiento despreciativo” a la “sacralización”.